ANÁLISIS FAESLas elecciones estadounidenses y el segundo debate presidencial

13/10/2016

El debate electoral que se produjo en la Universidad de Washington de la ciudad de St. Louis ha vuelto a poner de manifiesto los puntos fuertes y débiles de cada uno de los candidatos, así como las profundas divergencias que afectan no solo a los propios candidatos en sí, sino también a sus respectivos partidos.

En esencia, el debate no dejó de ser una conflagración dialéctica marcada por cierta tensión, aunque menos de la esperable si tenemos en cuenta los escándalos producidos en los últimos días. Sobre todo tras la publicación de un vídeo de 2005 de Donald Trump, con algunos comentarios de contenido sexual sobre las mujeres y que ha llevado a diversos dirigentes republicanos –que ya habían sido críticos desde un primer momento con el magnate– a retirarle su apoyo.

Sin embargo, hay ciertos aspectos de su contenido que resultan interesantes para comprender las respectivas posiciones de Clinton y Trump. Los momentos estelares resultaron ser: los intentos de Trump de apelar a los partidarios de Bernie Sanders, que desconfían de Hillary Clinton esgrimiendo la reciente publicación por parte de WikiLeaks de varios discursos de la candidata elogiando a algunas de las empresas más destacadas de Wall Street; las evidentes divisiones entre ambos candidatos sobre cuestiones impositivas, de libre comercio y de política exterior; y los intentos de Trump por zafarse del escándalo producido por sus comentarios acerca de las mujeres, sacando a relucir para ello los escándalos pasados de Bill Clinton.

En la mayor parte de estos casos, las diferencias entre ambos candidatos ya venían de antes. Así, el rechazo de Trump al programa sanitario conocido como Obamacare frente a la defensa realizada por Clinton; su oposición a los tratados de libre comercio amparado en la pérdida de empleos americanos, como en el NAFTA –en los que el magnate se cuidó de resaltar que fue firmado por el esposo de Hillary– o el TPP; y las medidas impositivas en las que Trump se ha ido aproximando –probablemente por las presiones de destacados líderes de su propio partido– progresivamente a la ortodoxia del Partido Republicano en relación a una menor carga impositiva, frente a la postura de Clinton de lograr una mayor recaudación entre las rentas más elevadas.

Particularmente interesantes resultaron los planteamientos realizados sobre la política exterior norteamericana. En este aspecto, cada uno de los candidatos se ratificó en posiciones pasadas. En el caso de Trump, para defender la mejora de las relaciones con Rusia y reconocer que el régimen sirio combate al Estado Islámico, o para criticar los malos resultados de la política intervencionista estadounidense de los últimos tiempos, con Irak y Libia a la cabeza, intervenciones ambas apoyadas por su rival. Asimismo evitó algunas de sus propuestas más absurdas y/o incoherentes, como la de llevarse el petróleo de Irak.

Por su parte, Hillary se ratificó en posturas pasadas –no todas, por cierto, coincidentes con las preferencias del presidente Obama, pese a sus intentos por identificarse con él– en relación a una postura más enérgica con Rusia, a la que acusó del robo de varios de sus correos y de cercanía con el magnate opositor en la carrera hacia la Casa Blanca, o en su defensa de armar a los rebeldes suníes y kurdos sirios e incluso de establecer una zona de exclusión aérea, tal y como había manifestado en sus memorias y en diversas declaraciones críticas con la política exterior de Obama.

En definitiva, estamos ante un debate poco decisivo, que ha permitido a Donald Trump salvar la cara frente a los graves problemas de su campaña, con una mejor actuación que en el primero pero sin lograr que la mayor parte de encuestas posteriores le diesen la victoria. Sin embargo, el debate sí servirá para, de cara al electorado estadounidense, marcar las tendencias futuras de unas elecciones presidenciales en las que ambos candidatos luchan contra su impopularidad, sus escándalos y/o sus propias debilidades en su intento de alcanzar la presidencia del país más poderoso del mundo.


Juan Tovar Ruiz es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos