21/01/2015
Como sosteníamos en la entrega anterior, la inadecuada inversión en capital productivo, el retraso tecnológico y los limitados cambios organizativos que han caracterizado a la economía española, fruto de nuestra especialización productiva, han marcado el retraso de su productividad y de las pérdidas de competitividad. Y si bien la restructuración de los sectores productivos a la que ha obligado la crisis, con pérdidas de peso, tanto en términos de producción como en términos de empleo de los sectores intensivos en mano de obra de baja cualificación, han ayudado a recuperar parte de la competitividad, lo cierto es que el aumento de la productividad, aunque es un factor importante que puede mantener la competitividad en el largo plazo, es sólo uno de los factores capaces de explicar esa mejora, especialmente si tenemos en cuenta que ésta ha sido lenta. Por eso debemos preguntarnos qué otros hechos han podido acaecer en la economía española para que la competitividad haya mejorado de la manera en que lo ha hecho.
En este sentido y como sosteníamos en la primera entrega, debemos recordar que tradicionalmente, y mientras la peseta fue nuestra moneda de cambio, España recurrió, de forma temporal, a las devaluaciones competitivas para impulsar sus exportaciones. Este hecho, que mejora el saldo de la balanza comercial, supone, sin duda, un empobrecimiento de los españoles frente a los ciudadanos de otros países. Si bien esta medida, al menos de una manera directa, no es factible desde que el control de la cantidad de dinero en circulación, y por lo tanto del tipo de cambio, no depende exclusivamente de las decisiones de las autoridades monetarias españolas. El euro, que ha tenido efectos muy positivos sobre la economía española, como la estabilidad comercial o la caída del tipo de interés, nos ha privado de esta medida a la hora de corregir el déficit exterior. No obstante, existen formas alternativas para conseguir efectos similares.
Así, una leve mejora de la productividad, acompañada de una reducción de los salarios y de los costes laborales, que terminen por trasladarse a precios, puede tener los mismos efectos que una devaluación de la moneda. En definitiva, es posible sustituir la devaluación nominal de la moneda por una devaluación interna. Este hecho se refleja claramente en el comportamiento del tipo de cambio real, del que nos ocuparemos en próximas entregas, pues consideramos prioritario conocer antes el comportamiento que han mostrado los salarios y los costes laborales como consecuencia de la crisis.
En lo que a los salarios se refiere, y a diferencia de lo que cabría esperar, durante el periodo de expansión el salario medio de los españoles mostró un decrecimiento medio anual de 0,38 puntos porcentuales. Si bien, este mismo salario se incrementó durante el periodo de recesión, especialmente en los primeros años de la crisis, pues a partir del 2010 el crecimiento pareció moderarse para hacerse negativo a partir del 2011. La justificación se encuentra en que durante la expansión aumentó el empleo de la mano de obra de baja cualificación, contratada con altos salarios, pero siempre más bajos que los de la mano de obra cualificada, por lo que el salario medio de los españoles experimentó algún retroceso. Por su parte, durante los primeros años de la crisis, las empresas españolas trataron de sortearla, como ya hemos comentado en entregas anteriores, con el despido de la misma mano de obra que fue contratada durante la expansión. Sólo una situación de crisis perdurable ayudó a corregir a la baja los salarios. Así, como se observa en el Gráfico 1, Grecia, Portugal, España e Irlanda, a los que se une el Reino Unido, son los países que durante el periodo 2010-2012, han reducido su salario medio en más de 1 punto porcentual. No cabe otra cosa que decir que la economía española reaccionó a la crisis, aunque lo hizo con algún retardo.
Gráfico 1. Variación media anual del salario medio (2010-2012)

Del mismo modo, España mostró durante la expansión un claro encarecimiento de sus costes laborales, fruto de problemas estructurales que lastraban el funcionamiento del mercado de trabajo. Este crecimiento, sólo superado por el que se llevó a cabo en Luxemburgo, fue especialmente elevado a partir del año 2002, y se mantuvo en dichos niveles hasta el año 2008, cuando el crecimiento de los costes laborales superó el 5,5%. Pese a la respuesta tardía que el mercado de trabajo tuvo ante la crisis, lo cierto es que España ha sido el único país, junto a Grecia, Irlanda y Portugal, capaz de corregir el excesivo crecimiento mostrado por sus costes laborales durante el periodo de expansión precedente (véase Cuadro 1).
Cuadro 1.

No obstante, esta corrección de los costes laborales no se ha producido del mismo modo y con la misma intensidad en todos sectores de la economía (Gráfico 2). Mientras la corrección ha sido especialmente intensa en el sector de la construcción (con una caída acumulada de más de 18 puntos porcentuales) y en el primario (de más de 2 puntos porcentuales de media anual), apenas se ha dejado notar en el sector industrial, mientras que el sector servicio sólo ha mostrado ligeras caídas en el periodo 2010-2012, siendo la variación acumulada a lo largo del periodo de crisis positiva (1,0%).
Gráfico 2. Evolución de los costes laborales unitarios en España según sectores (1995-2013)

No obstante, es necesario saber si la reacción a la baja de los salarios, y sobre todo de los costes laborales, han tenido su efecto positivo en los precios y en el tipo de cambio real, así como si dicho efecto ha sido lo suficientemente intenso como para mejorar la competitividad de la economía española frente a nuestros principales socios comerciales. De estos hechos nos ocuparemos en las próximas entregas.

