13/02/2015
El segundo acuerdo de alto el fuego en Ucrania (Minsk II) entre el Gobierno de Kiev y los separatistas prorrusos, firmado después de negociaciones maratonianas entre los presidentes de Ucrania, Rusia, Francia y Alemania, no ha cumplido el objetivo que prematuramente había anunciado François Hollande: dar una solución definitiva al conflicto del sureste de Ucrania. De hecho, Minsk II partía de las mismas premisas que el anterior (Minsk I), cuya finalidad principal era detener la guerra, dado el alto número de víctimas mortales.
Los dos bandos en guerra no han cambiado sus estrategias: Ucrania aspira a conservar su integridad territorial e integrarse en las instituciones occidentales, mientras el Kremlin, que apoya económica y militarmente a los insurgentes, sigue intentando impedir el acercamiento de Ucrania a la UE y a la OTAN y mantener su zona de influencia en el sureste del país. Tampoco la UE y los EE.UU. han cambiado la suya: presionar económica y políticamente a Rusia y seguir apoyando a Ucrania. Por tanto, cabe comparar los objetivos de los dos acuerdos sucesivos y plantear la cuestión de las probabilidades de imponer el segundo.
Minsk II refleja una nueva fase en la crisis ucraniana tanto en su aspecto militar como político en dos niveles: el del conflicto regional en Ucrania y el de la rivalidad geopolítica entre Occidente y Rusia.
Los aspectos militares del conflicto regional son pésimos para el Gobierno de Kiev. Los separatistas han rebasado la demarcación establecida en Minsk I (7 de septiembre de 2014) y han iniciado una nueva ofensiva atacando Debáltsevo y Mariupol, dos ciudades de gran importancia, tanto para abrir un pasillo entre Lugansk y Donetsk como para asegurarse una salida por tierra hacia Crimea y el mar de Azov (como se ve en el mapa). La presión militar y la conquista de nuevos territorios por parte de los separatistas han empujado a Poroshenko a negociar de nuevo con Putin, lo que ya muchos ucranianos han tachado de traición.
Fuente: Süddeutsche Zeitung
Minsk I se firmó en un contexto de claro rechazo por la OTAN, los EE.UU. y la UE a entrar en un pulso militar con Rusia. Ahora, los EE.UU. no descartan armar al Ejército ucraniano (aunque a éste no le faltan armas, sino mandos cualificados y una clara estrategia militar para combatir la guerra híbrida planteada por Moscú). La UE (exceptuando Polonia y los Países Bálticos) se opone rotundamente, porque armar a Ucrania supondría involucrarse más en el conflicto y empujaría a Europa a una guerra fría –o caliente– contra Rusia. El papel de la OTAN en la crisis ha sido aparentemente discreto, toda vez que Ucrania no es miembro de la alianza. Sin embargo, dicha crisis le ha obligado a crear Fuerzas de Intervención Rápida y a asegurar más las fronteras de los países miembros desde el mar Báltico al mar Negro.
En el nivel político, Minsk II es más favorable a los separatistas que Minsk I: reconoce sus nuevas conquistas territoriales, porque no específica la línea de frente y, pone la línea de retirada de armamento pesado a 50 kilómetros de la demarcación de Minsk I. Además les promete una autonomía sustancial (el derecho de las milicias a crear sus propias instituciones jurídicas y el mantenimiento del ruso como lengua oficial, lo que no se especificaba en Minsk I). Además, Minsk II supone que Kiev controlará la frontera con Rusia a partir de finales del año 2015. A Rusia se le ha concedido la posibilidad de armar a los separatistas en el caso de que Kiev no cumpla sus promesas. Así, el acuerdo de paz abre una vía a la guerra.
La rivalidad geopolítica entre Occidente y Rusia en Ucrania ha marcado definitivamente el final del orden europeo surgido tras el colapso del comunismo, aunque ya habían aparecido síntomas de disolución mucho antes, tras la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999 o de la guerra de Georgia en 2008, por mencionar sólo algunos.
La mayor esperanza de éxito de Minsk II radica en el hecho de que Angela Merkel y François Hollande se han involucrado personalmente y han anunciado que vigilarán de cerca su imposición y desarrollo. Sus motivos son claros: intentan impedir que el conflicto se extienda, proyectando sobre él la sombra del bloque franco-alemán, que todavía tiene peso político, y mermando así la influencia militar de los EE.UU., además de proteger los intereses comerciales de Francia y Alemania en Rusia. De la crisis ucraniana, Alemania ha emergido como gran potencia europea, y no porque esté especialmente ansiosa de tal liderazgo (dado su pasado), sino porque los tradicionales actores internacionales europeos –Gran Bretaña y Francia– están débiles.
Sea cual sea el resultado de Minsk II, no se borrarán dos hechos: 1) Durante esta crisis, Europa se ha mostrado muy débil para sostener eficazmente el Derecho internacional en lo que respecta a la integridad territorial de Ucrania. 2) El período entre 1989 y 2014 del orden europeo ya es historia. Estamos ante un nuevo desorden europeo.

