Libia se hunde en el caos

18/03/2015

Libia nos deberá seguir preocupando aún por mucho tiempo, y ello tras cuatro años de revueltas que iniciaron un proceso de violencia que, lejos de remitir, no hace sino agravarse por momentos.

Las revueltas contra Muamar El Gadafi estuvieron en buena medida protagonizadas por islamistas, exactamente como él mismo vaticinó que ocurriría. Muchos occidentales no quisieron creerle, pero hoy, aunque nadie quiere darle la razón, todo indica que Libia se ha transformado en una plataforma de exportación de activismo yihadista hacia fuera mientras dicha amenaza consume rápidamente el país de fronteras hacia adentro.

De fronteras hacia fuera no sólo hay que preocuparse por la irradiación de inestabilidad y violencia hacia Egipto, Argelia o Túnez, aparte de seguir nutriendo con hombres y armas a grupos yihadistas que actúan en Siria o en Irak. También debe preocupar la retroalimentación de la violencia en relación con el convulso Sahel, desde y hacia Malí.

Conviene también recordar que la desestabilización de Libia generó a su vez la de Malí, y ahora que los terroristas no derrotados en este país saheliano acaban de golpear, por primera vez, en Bamako, vemos que los autores de dicho ataque tienen su santuario en Libia.

Los Murabitún, resultado de la fusión del Movimiento para la Unicidad del Islam y el Yihad en el África Occidental (MUYAO) y del grupo de “Los que Firman con la Sangre” del veterano terrorista argelino Mokhtar Belmokhtar, han asesinado el 6 de marzo a cinco personas en el centro de Bamako, en una acción audaz que pone en un brete a la hasta ahora “zona segura” de Malí. Sabido es que los Murabitún, como AQMI o como Ansar Eddine, siguen coleando por el norte de Malí y ello gracias a que el suroeste de Libia es su santuario.

No sólo el norte libio debe preocuparnos, y mucho, porque hasta el Estado Islámico de Irak y del Levante –DAESH en sus siglas en árabe– ha establecido y consolidado provincias (wilayas) en la costa mediterránea libia, en Darnah y en Sirte, sino que es todo este endeble país el que se encuentra en acelerado proceso de desmoronamiento.

Elogiables son los esfuerzos negociadores capitaneados por Argelia o por la Misión de Apoyo de Naciones Unidas para Libia (MANUL) que lidera el español Bernardino León, pero no dejan de ser esfuerzos muy limitados. Los enemigos de toda negociación son muchos y poderosos en Libia, empezando por el EI/DAESH y otros muchos grupos, clanes e incluso tribus que interactúan con la cruel ideología yihadista salafista.

Mientras tales entretenimientos negociadores tienen como escenarios Argelia, Suiza o incluso Marruecos, en ejercicios de diálogo directo o indirecto con la compleja y contradictoria clase política libia, el EI/DAESH sigue avanzando en suelo libio decapitando, atacando terminales energéticas y secuestrando a sus operarios, libios y extranjeros, e interactuando con antenas del violentísimo grupo en Egipto, Túnez o Argelia.

Incluso aunque cada vez podamos ver más interlocutores en las mesas negociadoras, nunca veremos en ellas a los enemigos de la normalización de Libia. Ellos seguirán matando, secuestrando y, en suma, coaccionando, y todo ello hasta que se pongan en pie mecanismos para combatirles con eficacia y derrotarles. Mecanismos no faltan, habiéndolos de todo tipo –cazas egipcios o de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) en los cielos, o soldados y miembros de clanes, tribus y partidos en tierra–, pero seguirá faltando una estrategia única convencida de la necesidad de derrotar y no sólo de debilitar a los terroristas.