Jornadas FAES sobre Antonio Maura

05/11/2009

Jornadas FAES sobre Antonio Maura


  

                                     José María Aznar y Benigno Pendás.

 

 "En marzo hay que elegir entre confianza y desconfianza, fiabilidad o falta de fiabilidad, entre libertad o coacción, entre respeto a la verdad o engaño sistemático, entre igualdad ante la ley o privilegio"

"La izquierda descreída combate la idea de Nación española. Ha inventado falsas naciones sin otro objetivo que socavar la única Nación verdadera, la española"


"Porque los dirigentes políticos de izquierda más ultras de Europa, los de nuestro país, parecen incapaces de aprender de los errores. Ya se equivocaron cuando se tomaron la justicia por su mano con los terroristas, y se siguen equivocando ahora, cuando han pretendido aplicar la injusticia de la impunidad o han autorizado que los terroristas ocupen las instituciones democráticas, además de humillar e insultar a las víctimas del terrorismo, algo que ningún gobierno hizo nunca antes" 

"Los españoles se dan perfecta cuenta de los disparates cometidos en su nombre. Y además les importa. No les gusta que se les engañe y menos sobre algo tan importante como haber negociado con los terroristas y a espaldas de todos nada menos que nuestra libertad"


"A los actuales líderes del Partido Socialista y a este Gobierno les molesta que los ciudadanos ejerzan su libertad y manifiesten sus convicciones públicamente. Les molesta que se diga algo tan evidente como que la economía española se precipita hacia una seria crisis económica. Por eso llaman antipatriotas a quienes levantan la voz para decir la verdad"



/18.01.2008/
   El presidente de FAES, José María Aznar, ha clausurado hoy viernes, 18 de enero, unas jornadas sobre Antonio Maura en el aniversario del Gobierno Largo.



A continuación, se reproduce de forma íntegra la intervención del presidente de FAES:

Para una Nación es importante conocer su historia. Saber de dónde venimos ayuda a enfocar adecuadamente los problemas, especialmente en el ámbito político.


Por eso deben ser bienvenidas jornadas como ésta, que reúnen a aquellos que conocen la historia y la conocen bien.


Estas jornadas son especialmente importantes en los tiempos que corren, tiempos en los que la historia no se conoce, o se conoce mal, se reinventa, se tergiversa, se manipula, o todo ello a la vez. Sin otro fin que utilizar el pasado común a modo de ariete político.


Yo siempre he creído que escribir la historia es oficio de los historiadores, no de los políticos. Utilizar la historia como arma arrojadiza es algo propio de malos políticos. Peor aún es intentar remover la historia en sus peores episodios sin otro objetivo que despertar los peores instintos, azuzar odios y provocar crispación, rechazar la concordia y buscar la división. Tan irresponsable conducta es, sin embargo, una de las principales líneas de acción política del gobierno actual. La Ley de Memoria Histórica lo atestigua.


La Fundación FAES organizó estas jornadas con el fin de recordar una figura tan crucial, tan poco conocida y tan tergiversada como la de don Antonio Maura.


A don Antonio le tocó vivir en una época difícil y ejercer la política en un régimen imperfecto. Un régimen, el de la Restauración, que, por un lado, ofrecía amplios espacios de libertad en un marco de estabilidad institucional, pero que, al mismo tiempo, descansaba sobre estructuras de corrupción política y moral asentadas en el caciquismo.


Maura dedicó su vida a impulsar un programa de reformas que consolidaran en España un régimen más cercano a los ideales liberales.


Este fue uno de los dos grandes ejes de su acción de gobierno. El otro fue el fortalecimiento de la Nación española.


La mayoría de sus iniciativas reformistas incorporaban su visión de gobernante que cree profundamente en la Nación española y adopta decisiones que la fortalecen. 

Como hemos visto estos días, ese impulsó regenerador y reformista de Maura fue víctima de la intransigencia de unos, la venalidad de otros y el radicalismo de las izquierdas anti-sistema.


A algunos, que se autoadjudican el monopolio de la virtud, no les gusta nada que se recuerde que, por ejemplo, D. Antonio Maura sentó las bases de la moderna Seguridad Social española, fundando el Instituto Nacional de Previsión.


Tampoco les gusta que se recuerden las leyes que, como presidente de un gobierno de centro-derecha, liberal y reformista, promovió referidas al trabajo femenino y los derechos de las mujeres.


Menos aún se tolera que se recuerde, como así fue, que D. Antonio Maura promoviera las primeras leyes de prohibición del trabajo infantil.


Me gustaría destacar sus profundas convicciones en la fortaleza de la Nación española, que para D. Antonio Maura, como para todos los demás presidentes del gobierno español hasta hace poco, no era un concepto discutido y discutible, sino un concepto muy elogiable de comunidad de ciudadanos libres e iguales ante la ley titulares en su conjunto de la soberanía.


Su confianza en la Nación le llevó a promover iniciativas tan importantes como la creación de cuerpos nacionales docentes, cuerpos nacionales de funcionarios, institutos nacionales, universidades nacionales.


La Nación misma recurrió a él en sucesivas ocasiones cuando las cosas pintaban mal. "Llamemos a Maura" fue un recurso socorrido en tiempos de crisis.


Maura fue un político  modélico. Un ejemplo de responsabilidad, de fiabilidad, de respeto a la verdad, de coherencia y de consecuencia, de compromiso con la Nación y de fidelidad a las ideas. Algo que hoy, por desgracia, no abunda precisamente.


Yo creo que el drama de don Antonio Maura encierra una valiosa lección para los españoles de hoy. 

Maura fue demonizado por algunos de sus contemporáneos porque jamás renunció a los dos ejes innegociables de su ideal reformista: el respeto absoluto por el imperio de la ley y el amor por la nación española.


Desafortunadamente, la defensa de estos valores es hoy tan necesaria o más como entonces. Y es que hoy, la izquierda antisistema se ha instalado en el corazón mismo del sistema. 

En primer lugar, la izquierda continúa ignorando que las leyes hay que cumplirlas. Siempre, pero especialmente cuando uno ocupa el Gobierno. Antonio Maura no hubiera sacado de la cárcel a un terrorista responsable de veinticinco asesinatos, y menos aún por conveniencia partidista coyuntural. No se le hubiera pasado por la cabeza permitir que los terroristas pudieran presentarse a las elecciones cuando la Ley lo prohíbe. 

Porque los dirigentes políticos de izquierda más ultras de Europa, los de nuestro país, parecen incapaces de aprender de los errores. Ya se equivocaron cuando se tomaron la justicia por su mano con los terroristas, y se siguen equivocando ahora, cuando han pretendido aplicar la injusticia de la impunidad o han autorizado que los terroristas ocupen las instituciones democráticas, además de humillar e insultar a las víctimas del terrorismo, algo que ningún gobierno hizo nunca antes.  

Tampoco parecen haber aprendido a decir la verdad. Nos engañaron hace algunos años cuando nos dijeron a los españoles que sus actividades al margen de la ley desde el gobierno eran un montaje, una conspiración. Pero la verdad se impuso.

Ahora llevan cuatro años engañándonos en sus sórdidas negociaciones políticas con los terroristas. Han negociado con los terroristas la Nación española, La Constitución, la soberanía nacional, la entrega de Navarra.


Al final, nuevamente, los españoles lo hemos sabido.


De boca de su protagonista.


Don Antonio, sin embargo, ya sabía perfectamente que la legitimidad de un régimen político liberal exige la aplicación escrupulosa de la ley. Lo contrario implica romper las reglas de juego y debilitar la legitimidad del sistema político.


Maura sabía muy bien que la libertad y el progreso sólo pueden sostenerse sobre un régimen de estabilidad institucional. Por eso todas sus iniciativas reformistas, incluso las más audaces, fueron escrupulosamente respetuosas con el marco constitucional inclusivo creado por Cánovas en 1876.


Don Antonio también sabía que la estabilidad y la legitimidad de un sistema político dependen de que las leyes se cumplan. Por eso luchó con todas sus fuerzas contra el caciquismo y a favor de elecciones limpias y representativas.


En 1978 los españoles se dieron a sí mismos lo que a Maura se le impidió construir: un régimen democrático de auténtica igualdad bajo una Constitución capaz de dar cabida a todos. Una Constitución que respeta la diversidad de España, al mismo tiempo que garantiza la igualdad ante la ley de todos los españoles.


Los redactores de nuestra Constitución de 1978 conocían bien el desafortunado destino de la Restauración. Por eso construyeron un gran pacto de Estado. Un pacto del que participaron líderes de todos los grupos políticos democráticos.


Por eso causa asombro la facilidad con la que ahora algunos socavan la Constitución cuando ignoran que la ley la tenemos que cumplir todos.


Hoy, como en tiempos de Maura, hay quien una vez llegado al poder no soporta los límites que la ley nos impone a todos.


Las leyes deben aplicarse  con imparcialidad, sin favoritismos, sin excepciones y por encima de las estrategias electorales, o las presuntas buenas intenciones del presidente del gobierno de turno.


Sin embargo, durante los cuatro últimos años, nuestros actuales gobernantes han pilotado la creación de un Estatuto de Autonomía que ratifica la desigualdad entre ciudadanos ante la Ley y que impone la co-soberanía. Además, negándose a consultar a todos los españoles, lo han hecho en flagrante violación de los principios democráticos más elementales.


Queridos amigos,


En segundo lugar, junto al imperio de la ley, la mejor garantía de libertad y progreso para los españoles es la fortaleza de la nación española.


Decía Maura que la Patria descansa en el corazón del ciudadano. Y es que él sabía muy bien que  las libertades en España también dependen del vínculo sentimental que une a unos ciudadanos con otros. Un vínculo que, como bien defendía Edmund Burke, evita que la sociedad de ciudadanos degenere en mero agregado de individuos que viven juntos pero aislados como las "moscas en verano."


La española es una nación plural y diversa, forjada en una historia compartida de tolerancia y respeto mutuo. Una nación, en definitiva, erigida sobre las particularidades culturales y lingüísticas que le son propias.


La izquierda descreída combate la idea de Nación española. Ha inventado falsas naciones sin otro objetivo que socavar la única Nación verdadera, la española.


Y es que, desgraciadamente, es la única izquierda del mundo desarrollado que no cree en su propia Nación. Eso no pasa en Francia, en Alemania, en Reino Unido, en Italia, en los Estados Unidos, ni en ninguna democracia avanzada. Todos los partidos de izquierda de las democracias avanzadas creen en su Nación y la defienden. Menos aquí.

Los actuales dirigentes de los partidos de izquierda en España se han vuelto nacionalistas y han renunciado al principio de igualdad ante la ley de todos los ciudadanos de la Nación. Todo con tal de combatir fantasmas inexistentes y seguir en el poder "como sea".


Queridos amigos,


Allá por 1913 decía don Antonio que la crisis de la Restauración se debía a que "las izquierdas no han sentido la vocación de buscar en la realidad de las instituciones democráticas el triunfo de los ideales propios"


Pues bien, los actuales dirigentes del Partido Socialista siguen instalados en la peor tradición de la izquierda española. Este Gobierno se ha impuesto el objetivo de terminar con el modelo de sociedad que conocemos para imponernos, a todos, otro de nuevo cuño diseñado por ellos.


Un modelo en el que la ley sólo vale para algunos.


Un modelo que pasa por la disolución de la nación española.


Para lograr ese objetivo necesitan desvirtuar el libre intercambio de ideas. Quieren acabar con la genuina alternancia en el poder de proyectos alternativos al suyo propio.


Ya lo dijo hace un tiempo mi buen amigo don José Varela: el propósito del actual Partido Socialista es sacar permanentemente al Partido Popular del sistema de partidos.


A todas luces, el actual Gobierno socialista, con su presidente a la cabeza, pensaba que los demás tampoco han aprendido nada en los últimos cien años. Creían nuestros gobernantes que los españoles seguían siendo una masa desinteresada, desafecta y desconectada de la cosa pública.


Pero los españoles se dan perfecta cuenta de los disparates cometidos en su nombre. Y además les importa. No les gusta que se les engañe y menos sobre algo tan importante como haber negociado con los terroristas y a espaldas de todos nada menos que nuestra libertad.


A los españoles les importa que el gobierno se empecine en demonizar a quienes no opinan o piensan como ellos mientras discute el ordenamiento jurídico y territorial del Estado con delincuentes convictos.


Los españoles han demostrado su conciencia cívica apoyando iniciativas de protesta popular contra la liberación de terroristas por interés partidista, contra la humillación a las víctimas o contra el deterioro del sistema educativo, que perjudica a los más humildes.


Naturalmente, a los actuales líderes del Partido Socialista y a este Gobierno les molesta que los ciudadanos ejerzan su libertad y manifiesten sus convicciones públicamente. Les molesta que se diga algo tan evidente como que la economía española se precipita hacia una seria crisis económica. Por eso llaman antipatriotas a quienes levantan la voz para decir la verdad.

Dentro de pocas semanas los españoles podrán evaluar lo que ha ocurrido durante estos últimos cuatro años y actuar en consecuencia.


Tengo la certeza de que en marzo decidiremos apostar por la regeneración de la democracia española y la reconstrucción de los consensos básicos que se forjaron durante la transición.


Por nuevos acuerdos entre las dos principales fuerzas políticas, cuando los actuales dirigentes socialistas dejen paso a otros más sensatos, que crean en la Nación y que se dediquen a reforzarla, en lugar de a debilitarla. Que restablezcan la igualdad de los ciudadanos ante la Ley.


En marzo hay que elegir entre confianza y desconfianza, fiabilidad o falta de fiabilidad, entre libertad o coacción, entre respeto a la verdad o engaño sistemático, entre igualdad ante la ley o privilegio. Confío en que la mayoría de los españoles acierte en su decisión. 

Yo no tengo ninguna duda del lado en el que se encuentran los principios y valores que D. Antonio Maura defendió toda su vida. 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 



 


 


 


 



 


 


 


 

                                                                                      José María Aznar