ANÁLISIS El auge del proteccionismo en EE.UU., por Richard A. Epstein *

27/04/2016

La cuestión más polémica de las primarias de 2016 es el aumento de la hostilidad hacia el libre comercio y, más concretamente, hacia la Alianza Transpacífica. Por parte de los republicanos, los candidatos conservadores tradicionales como Jeb Bush, Scott Walker y Marco Rubio han fracasado o se han quedado atrás, mientras que Donald Trump mantenía un liderazgo absoluto al presentarse en Florida y Ohio, en gran parte gracias a su retórica proteccionista. Por parte de los demócratas, Hillary Clinton se ha inclinado hacia la izquierda para luchar contra el audaz desafío postulado por el socialista demócrata de Vermont, Bernie Sanders, otro proteccionista sin complejos.

Existen, por supuesto, grandes diferencias entre el insidioso Trump y el bufonesco Sanders. El primero, por ejemplo, apoya los impuestos bajos y el segundo, los confiscatorios. Aun así, el argumento principal de cada uno de ellos se reduce a una cuestión: siguiendo el indecoroso lenguaje del encuestador Pat Caddell, los estadounidenses sienten que el libre comercio “les ha machacado”. Caddel escribe como si esta flagrante falsedad fuera un hecho innegable. Sin embargo, lo que es innegable, es que la defensa del libre comercio de Adam Smith está perdiendo terreno a medida que el proteccionismo se convierte en el denominador común de ambos partidos políticos. Es como si la insensatez económica de la Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930 hubiera regresado. La cuestión es por qué el proteccionismo está disfrutando de este protagonismo político.

Una respuesta es que las cosas no han ido bien en Estados Unidos. El nivel de vida ha permanecido, como mucho, inmóvil, y la gente se siente económicamente insegura. En este contexto, resulta fácil echarle la culpa a los responsables evidentes, como la marea de importaciones y el traslado sistemático de los puestos de trabajo estadounidenses al extranjero, a lugares donde el entorno normativo es más favorable y donde el coste de la mano de obra es más barato.

Pero al contar la historia de esta manera se ignora el principal beneficio del libre comercio. El libre comercio supone una contundente acusación y un poderoso correctivo de las políticas económicas insensatas de los EE.UU. Los inversores privados, como respuesta a estas políticas, han votado con las piernas. Dicho de forma simple, la razón por la que las empresas locales se externalizan fuera de EE.UU. es la misma que disuade a las empresas extranjeras a llevar sus negocios a los EE.UU. Nuestro entorno normativo y laboral es hostil con el crecimiento económico y no hay señales de que esto vaya a cambiar a corto plazo. Estados Unidos ha caído al undécimo puesto en el Índice de Libertad Económica de 2016 de la Fundación Heritage. Y esto no solo se debe a que otros países hayan ascendido, sino también a que la constante disminución de la libertad y la productividad dentro de los EE.UU. ha continuado a paso acelerado. Irónicamente, la fuerte probabilidad de que el próximo presidente de los EE.UU. aumente las prácticas proteccionistas solo empeorará las cosas: las empresas, tanto extranjeras como nacionales, son más reacias a invertir en EE.UU., y el riesgo de una guerra comercial por parte de otros países como México es una posibilidad real, sobre todo si Trump impone grandes aranceles a los automóviles fabricados allí para el mercado estadounidense.

La gran ventaja de una política de libre comercio es que reduce estos riesgos políticos y vuelve del todo imposible ocultar estos defectos estructurales evidentes ante el resto del mundo. Y una vez que estos se reconocen en casa, el libre comercio otorga al Gobierno federal y a los estados individuales fuertes incentivos para que empiecen a corregirse y así resultar atractivos una vez más para la inversión extranjera. Y solo hay una forma de llevar a cabo esa corrección. EE.UU. debe reducir la carga que sus normativas suponen para todas las empresas que operan dentro de sus fronteras, lo que significa arrancar de raíz las diversas formas de prácticas monopolísticas, como los sindicatos, que solo pueden sobrevivir si les protege la ley estatal.

Esto explica por qué el movimiento laboral de los EE.UU. se ha opuesto históricamente al libre comercio. La esencia del sindicalismo es, y siempre será, la adquisición de poder monopolístico. No hay forma de que un sindicato consiga dicho poder monopolístico en el mercado. Solo lo puede conseguir a través de las leyes. El primer paso de este proceso fue permitir que los sindicatos quedaran exentos de cumplir las leyes antimonopolio, según la sección 6 de la Ley Clayton de 1914. El segundo gran paso fue la legitimación de la negociación colectiva con la Ley nacional de relaciones laborales de 1935, que concedía exclusivamente a los sindicatos los derechos de negociación contra la empresa una vez que saliera vencedora de una elección sindical. Estas grandes ventajas legislativas fortalecieron a los sindicatos del sector privado y cargaron de ineficiencias a las empresas sindicalizadas. Esto, a su vez, abrió las puertas a nuevas empresas, como las empresas automovilísticas japonesas, a que se organizaran fuera del marco sindical. Como respuesta, la estrategia del movimiento laboral dio un paso más allá. Ejercieron mucha presión para imponer barreras comerciales y arancelarias y desplegaron una gran influencia política con el fin de fomentar la creación de juntas locales de zonificación para excluir a las nuevas empresas que no utilizaran mano de obra sindicalizada. Si a esto se le añade el agresivo aumento del salario mínimo y otros mandatos como el “Obamacare” [Ley para la Protección de Pacientes y Cuidados de la Salud Asequibles] o las leyes de baja familiar, tenemos una fortaleza normativa que se impone sobre la fuerza correctora del libre comercio y que hace que el país se vuelva económicamente menos resiliente y productivo que antes.

Es fácil decir que el libre comercio “machaca” a las personas si solo nos fijamos en las historias de las personas que pierden su trabajo. Es mucho más difícil seguir defendiendo esto después de aceptar la simple pero poderosa verdad de que los niveles generales de beneficios y riqueza aumentan con el libre comercio. El alivio a corto plazo que los grupos objetivo reciben gracias a las medidas proteccionistas enmascara las grandes ineficiencias que ralentizan el ritmo de crecimiento. A pesar de lo que piensan los demócratas, los programas de transferencia no pueden sustituir al crecimiento. Es más, la creación de nuevos impuestos sin beneficiar la rentabilidad de las empresas gravadas únicamente deprime aún más la tasa de rentabilidad de la inversión, y esto solo agravará el problema.

Sin embargo, existe una poderosa forma de ver que el libre comercio no es el villano de los mercados internacionales. Se trata de observar el comercio y la competencia empresarial entre los estados. Rana Foroohar, escritora de comercio en la revista Time, se saltó este punto. Comienza de forma correcta, señalando que la globalización y el libre comercio aumentan la riqueza y la prosperidad global. Pero a continuación añade esta desacertada advertencia: “Pero también han aumentado la brecha de la riqueza dentro de los países, en parte porque estas fuerzas han creado grupos de perdedores económicos concentrados en zonas concretas de nuestro país”, entre ellas el Cinturón Industrial del medio-oeste, lo que ha dado a Trump y Sanders la posibilidad de impulsarse hasta sus recientes victorias en Michigan.

En este último punto, la narrativa de Foroohar se equivoca gravemente. Los estados del Cinturón Industrial resultaron muy afectados porque han estado mal gobernados. Han perdido muchos de sus negocios porque estos se han ido a otros estados mejor gobernados. Solo hay que fijarse en el movimiento interno de personas y empresas a otros estados dentro de los EE.UU. Dichos cambios no se pueden atribuir a la supuesta malvada influencia del comercio exterior sobre el comercio interior. Pero sí se pueden atribuir a las diferencias en el clima empresarial de los estados. El cuidadoso estudio llevado a cabo por el Small Business Enterprise Council muestra una gran diferencia entre los estados que ocupan las posiciones más bajas, como California (50), Nueva Jersey (49) y Nueva York (45) y aquellos que ocupan las posiciones más altas, como Dakota del Sur (1), Nevada (2) y Tejas (3). Es erróneo ignorar estas diferencias clave y pensar que el declive de los estados mal gobernados no es más que un anticipo de lo que será algo generalizado si se permite que el libre comercio siga su curso.

Estos cambios demográficos importan. Antes de que California virara a la izquierda, era un imán que atraía a sus fronteras enormes cantidades de personas de Nueva York. Ahora, estados como Tejas son los que están experimentando un crecimiento de su población. Illinois, Nueva Jersey y Nueva York, que están bajo una salvaje presión financiera, también son víctimas del éxodo de su población. Cuando la industria pierde puestos de trabajo –algo que tiene una gran carga simbólica para gente como Trump y Sanders– estados como Illinois, como se encarga de recordarnos el Illinois Policy Center, son los que siempre saldrán perdiendo frente a Indiana, Michigan y Wisconsin, que recientemente han promulgado leyes de derecho al trabajo y cuyas tasas de indemnización a trabajadores son mucho más bajas. La fuerte presión sindical bloquea las reformas internas a medida que la hemorragia económica continúa.

Llegados a este punto, resulta necesario aclarar una vez más las razones económicas que apoyan la competencia: la interacción de las fuerzas de mercado tienden a conducir a un reparto más eficiente de recursos escasos. La creación de monopolios aumenta los precios por encima de los costes marginales al bloquear el comercio beneficioso, reducir la creación de empresas y disminuir la innovación. Las fuerzas de la competencia son implacables porque no permiten que ningún individuo mantenga un candado sobre su posición económica. Y así es exactamente como debe ser. La agricultura de los EE.UU. lleva mucho tiempo sufriendo por la idea de que los productores tienen derecho a tener precios garantizados por su cosecha, sin importar cuáles puedan ser las condiciones de la oferta y la demanda. La imposición de un control sobre el alquiler y su estabilización en ciertos mercados inmobiliarios clave como la ciudad de Nueva York aumenta el coste de la vivienda, también para la gente de fuera de la ciudad que no tiene ni voz ni voto en la política local. Los grupos con derechos adquiridos celebran la estabilidad que estas normativas gubernamentales traen a sus vidas. Pero ignoran alegremente el aumento de la incertidumbre que sus acciones acarrean para otras personas que tienen menos oportunidades de obtener vivienda y trabajo, ya que aquellos que lo tienen se han encargado de atar bien atadas sus posiciones protegidas.

El gran desafío de este sector es preguntarse si existe alguna forma de amortiguar el golpe cuando las diversas protecciones legales ya no estén disponibles para los grupos que ahora dependen de ellas. Algunas personas aducen que los trabajadores desplazados deberían recibir programas de formación laboral y dinero para facilitar su transición. Pero lo primero nunca funciona y hay bastante resistencia a lo segundo. Y nunca nos involucramos en estos programas por pérdida de empleo al trasladarnos de un estado a otro. Existe, en efecto, una tercera forma de tratar este problema, y se trata de no asumir que las tasas bajas de crecimiento son un hecho fijo de la naturaleza cuando no es necesario que así sea. La mejor protección para el arrendatario y el trabajador desplazado es una economía abierta que ofrezca múltiples opciones para nuevas viviendas y nuevos puestos de trabajo. Pero esto no sucederá mientras sigamos teniendo políticas nacionales, estatales y locales que sean proteccionistas hasta la médula.

De esto se trata. La gran tragedia bipartidista de las elecciones de 2016 es que Trump y Sanders quieren multiplicar por dos las políticas fracasadas que nos han traído hasta este callejón sin salida. Mientras el discurso económico siga controlado por ignorantes económicos, las expectativas de mejora económica continuarán siendo escasas.


Richard A. Epstein es senior fellow Peter and Kirsten Bedford en la Hoover Institution. Titular de la cátedra de Derecho Laurence A. Tisch de New York University Law School y catedrático de la Universidad de Chicago.

* Análisis publicado originalmente en la revista Defining Ideas,Hoover Institution, Universidad de Standford (14 de marzo, 2016): http://www.hoover.org/research/rise-american-protectionism    Traducción de Estefanía Pipino