Las arbitrariedades del régimen venezolano y su denuncia por los líderes mundiales

01/10/2014

Xavier Reyes Matheus es analista político

 

La mención de Leopoldo López en una lista de líderes políticos y activistas de varios países que han sufrido la muerte, la cárcel o la persecución, y que fueron recordados por Barack Obama durante su intervención en la Clinton Global Initiative celebrada en Nueva York en vísperas de reunirse la Asamblea General de la ONU, puso en evidencia la precariedad de las garantías democráticas y constitucionales en Venezuela bajo el régimen que dirige Nicolás Maduro. Llegada la cita del máximo foro internacional, el auditorio medio vacío en el que peroró el sucesor de Hugo Chávez, con un discurso entreverado de propuestas altermundistas, críticas a las acciones “terroristas” de la OTAN en Siria y consideraciones indulgentes hacia el Estado Islámico –al que calificó de “Frankenstein amamantado por Occidente”–, marcó también una diferencia con el magnetismo que, en sus histriónicas presentaciones, ejercía el difunto artífice de la “Revolución bolivariana” sobre quienes cifraban en el “socialismo del siglo XXI” las esperanzas de que la libertad y la justicia se consolidasen definitivamente en América Latina.

La responsabilidad en este cambio de perspectiva, con el que los ojos del mundo parecen haberse abierto al fin ante un proyecto que vampiriza la democracia representativa para transformarse en totalitarismo, debe atribuirse a la valentía de líderes opositores que, como López o María Corina Machado, se han atrevido a jugarse incluso su libertad o su integridad física para denunciar los atropellos del régimen. Una empresa que resultaba especialmente ardua en el terreno internacional, en virtud de la poderosa estrategia clientelar que puso por obra la diplomacia chavista, mediante un uso mefistofélico y prebendario de alianzas selladas con la chequera del petróleo. Precisamente en su estreno ante la Asamblea de la ONU tras haber accedido al poder, Maduro dedicó varios párrafos a jactarse del caudillaje que ejerce sobre estas iniciativas continentales, que han pretendido convertir el sueño bolivariano de la integración sudamericana en una serie de clubes movidos por intereses bastardos, donde los ojos no ven, los oídos no oyen y las lenguas no hablan frente a las violaciones al Estado de derecho.

La experiencia, con este tipo de regímenes constrictores, cuyos anillos se van cerrando engañosamente sobre las libertades públicas y los derechos ciudadanos, no es nueva: ¿cuántas veces nos hemos preguntado, frente a la evidencia de terribles desmanes cometidos contra un pueblo, dónde estaba todo el resto del mundo mientras aquello sucedía? Los propios venezolanos algo sabían ya de esto, aunque ninguno de los despotismos sufridos en la historia contemporánea del país había producido en su sociedad y en sus valores cívicos una fractura como la provocada por el chavismo. Hoy leemos conmovidos la carta que en abril de 1929, desde su exilio en Santo Domingo, escribía a Miguel de Unamuno un casi adolescente Rómulo Betancourt, entonces líder del movimiento estudiantil que un año antes se había atrevido a desafiar la brutal dictadura de Juan Vicente Gómez. El político en ciernes, que estaba llamado a ser el padre de la democracia venezolana –ese sistema que Chávez se propuso derribar acusándolo de burgués y de excluyente, aunque fue el mismo que le permitió alcanzar la presidencia mediante elecciones libres– buscaba desesperadamente tocar en algún organismo o personalidad del mundo la fibra que les sensibilizara hacia la causa de una juventud sedienta de libertad, y que osara cuestionar el cruel autoritarismo de un gobierno también apoyado en la seguridad del petróleo: “¿Qué hacer ante esto, Maestro, ante esto terrible?” –preguntaba Betancourt al rector de Salamanca, referente entonces de integridad ética para tantos hispanoamericanos (y desterrado, también él, por la dictadura de Primo de Rivera)–. “¿Protestar?... Protestando con la ofrenda de su libertad, y tal vez de su vida, están mis camaradas encarcelados y deportados... Además, Maestro, ¡es tan pobre nuestra voz, tiene un radio de repercusión tan exiguo! Y los ‘otros’, los que tienen conquistado un derecho a ser escuchados en América, ¿dónde están?, me preguntará Usted, Maestro. ¡Ah! ¡‘Ellos’ son tan miserables, tan lastimosamente miserables! Todos doblan la cerviz palaciega alrededor del amo y extienden la mano mendiga reclamando su cuota en el festín!”.

Como, para tragedia de los cubanos, sucederá en nuestro siglo con los hermanos Castro, Juan Vicente Gómez moriría de viejo en 1935 sin haber abandonado el poder.