Elecciones en Portugal

06/10/2015

Juan Carlos Jiménez Redondo es profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales, Universidad CEU San Pablo


El triunfo de la coalición de centro-derecha en Portugal rompe algunos tópicos ideológicos muy extendidos en los últimos tiempos. Por ejemplo, la idea de que cualquier gobierno que aplique medidas duras de ajuste recibirá castigo electoral tan fuerte que le impedirá continuar en el poder. El caso portugués demuestra que aunque la apuesta por la austeridad genera un indudable desgaste, éste puede ser compatible con una holgada mayoría en las urnas. El problema no radica en las políticas de austeridad en sí mismas, sino en la capacidad de los gobiernos que las adoptan para empatizar con los ciudadanos. En ser capaces de convencerles tanto de su necesidad inmediata como de su condición de instrumento imprescindible para una recuperación sólida y estable. El gran acierto de Pedro Passos Coelho ha sido convertir el problema del condicionamiento financiero en una oportunidad de transformación estructural de la economía portuguesa. Y lo ha hecho desde una posición de independencia que le ha dado la credibilidad suficiente para avanzar por el camino de la liberalización mucho más allá de lo que le requería la propia troika. Y esa credibilidad ganada ha convencido nada menos que al 39% de los votantes de que el presidente del Gobierno no era un simple gestor gris y “funcionarial” del programa de rescate económico, sino el líder de un proyecto activo de cambio cuyos instrumentos necesarios eran los recortes, aunque éstos en ningún caso eran un fin en sí mismos, sino el camino para crear una economía más sana y competitiva.

Otro tópico al uso es que la austeridad conduce a la radicalización de un sector muy importante de la sociedad. Cierto es que las reformas emprendidas han alimentado la oposición de quienes creen que el Estado tiene que ser el gran –e incluso único– actor económico y social, y de quienes se autoerigen en “portavoces del pueblo”, y que todos ellos son capaces de crear una amplia retórica radical. Pero eso no se traduce necesariamente en un escoramiento automático del electorado hacia opciones extremistas o populistas. El Bloque de Izquierda ha doblado su porcentaje de votos, pero sigue representando un relativamente modesto 10% del total, y esa expresión de radicalidad apenas alcanza el 18% si se le suman los de los comunistas y verdes agrupados en la Coalición Democrática Unitaria. Con todo, no se puede esconder que la crisis y su gestión generan manifestaciones nihilistas expresadas en opciones electorales de ruptura, como demuestra el escaño obtenido por Personas-Animales-Naturaleza (PAN).

En definitiva, los ciudadanos portugueses han demostrado un alto grado de responsabilidad a la hora de evaluar esfuerzos y posibilidades reales de acción política. Han huido de ilusiones y han centrado su apoyo en los partidos que les pueden ofrecer soluciones efectivas a su difícil situación. De ahí que a pesar de que el Parlamento resultante haya virado hacia la izquierda, “Portugal à Frente” y el Partido Socialista sigan representando el 70% del electorado. Independientemente de los escenarios que se pueden abrir dada la ausencia de mayoría absoluta de la coalición triunfadora, las posiciones moderadas y centradas del socialismo luso parecen garantizar una situación de estabilidad política que permitirá la definitiva “normalización” del país tras el duro paso de la troika.