Barack Hussein Obama: el Nobel de la paz (y de la guerra)

20/10/2015

En octubre del 2011, el presidente norteamericano, quien siempre había considerado la intervención en Irak como “la guerra mala”, anunció solemnemente que, “tras nueve años, la guerra de América en Irak va a llegar a su fin. La ola de guerras está en recesión”. Poco después, en diciembre, declaró: “todas las muertes, el sufrimiento, la construcción, el entrenamiento y la colaboración, todo ello ha llevado al momento del éxito (…). Dejamos atrás a un Irak soberano, estable y autosuficiente”. Y por ello, se aprestó a sacar todas sus tropas de Irak y a declarar el final de la guerra.

Posteriormente, en noviembre del año siguiente, 2012, Barak Obama afirmó: “la guerra en Irak se ha acabado; la guerra en Afganistán está llegando a su fin; Al Qaeda ha sido diezmada; y Osama Bin Laden está muerto”.

Finalmente, en diciembre de ese mismo año, anunció desde su retiro vacacional de Honolulú su plan de salida de Afganistán: “Nuestras misiones de combate en Afganistán están acabando y la guerra más larga de América está llegando a un final responsable”. De tal manera que a final del 2014 sólo quedarán en aquel país 9.800 soldados (de los 100.000 que llegó a haber en 2010), 5.500 en 2015 y sólo una fuerza de protección de la embajada en 2016.

Como bien sabemos, el presidente que quería poner fin a todas las guerras, malas y buenas, capaz de ganar un premio Nobel por sus deseos y no por sus actos, estaba muy equivocado. Ni Al Qaeda estaba acabada; ni Irak sin las tropas americanas estaba salvado; ni Afganistán estaba remotamente asegurado. De hecho, su empeño en poner fechas de salida artificiales, sin tener en cuenta la evolución sobre el terreno, contribuyó enormemente al fracaso de su propia política.

Así, en mayo de este año, el presidente informaba al Congreso de su intención de extender la consideración de “emergencia nacional” a tenor de “los obstáculos encontrados para la reconstrucción ordenada en Irak”. Con el paseo militar inicial del Estado Islámico un mes más tarde, la Casa Blanca se tuvo que plantear qué hacer militarmente en Irak de nuevo. El 8 de agosto Obama autorizaba el inicio de ataques aéreos y despachaba 800 militares para asesorar al Gobierno iraquí. Destacamento que rápidamente fue reforzado con 130 soldados más, para contribuir a la protección de las instalaciones usadas por el contingente. Pocas semanas después, en septiembre, otros 500 soldados se desplegaron como apoyo a los combates aéreos, operadores de drones, inteligencia y operaciones especiales, de tal forma que a finales de 2014 ya había más de 3.000 efectivos norteamericanos operando en suelo iraquí. Y en la actualidad la cifra ronda los 5.000. No está nada mal para un presidente que nunca quiso estar en Irak, que siempre defendió salir de allí pitando y que aborrece de la presencia terrestre en operaciones en el exterior.

En Afganistán, su “guerra buena”, tampoco lo ha hecho mucho mejor. Tras su anuncio en Honolulú, el calendario que él mismo había establecido sufrió un retraso de un año y, en lugar de los 5.500 soldados que debería haber hoy, siguen allí cerca de 10.000.

La debilidad de las instituciones afganas, del Ejército al Gobierno, y la creciente fortaleza de los enemigos que allí se han combatido desde 2011, especialmente los talibán, quienes han logrado hacerse recientemente con un núcleo urbano tan importante como significativo como Kunduz, ha hecho evidente la posibilidad de un colapso súbito del país y el retorno a los peores años del islamismo radical. Incluso, lo que nunca se había visto antes, la presencia del Estado Islámico, es ahora una realidad.

Urgido por los responsables militares, Obama, el presidente que más veces ha anunciado la derrota de los enemigos de América (32 veces la muerte de Al Qaeda, por ejemplo), tuvo que autocorregirse y declarar la semana pasada (15 de octubre de 2015) “una modesta pero significativa extensión de nuestra presencia militar” en Afganistán.

Con todo, Obama parece empeñarse en ser un presidente que no aprende: los 9.800 soldados que permanecerán un año más en suelo afgano son del todo insuficientes para evitar la caída de Afganistán. Están repartidos en cuatro bases (Kabul, Bagram, Kandahar y Jalalabad) y su capacidad operativa se reduce a misiones específicas de contraterrorismo. No es una fuerza ni de estabilización ni de orden. Y mucho menos de reconquista del terreno perdido. Es más, volviendo a fijar una fecha de salida está mandando de nuevo el peor de los mensajes a sus enemigos. ¿Qué más da un año más?

Para asegurar la paz un líder debe entender muy bien qué son las guerras y cómo se debe terminar con ellas. El premio Nobel de la Paz parece que ha enturbiado más que iluminado al presidente americano. Ni “las guerras malas” se tienen que perder si uno aplica las estrategias adecuadas, ni “las guerras buenas” se ganan cuando uno pone en práctica decisiones equivocadas como él ha hecho. Su ansia de poner fin a las guerras de América ha hundido en la violencia a regiones enteras y, lo que es todavía peor para él, ha obligado a que los americanos tengan que arriesgar sus vidas para enderezar lo que la política de la Casa Blanca ha torcido.