19/04/2016
Tres espacios pueden ayudar a comprender actualmente, en términos de seguridad, la situación de la región Asia-Pacífico. El estrecho de Malaca ilustra un potencial económico emergente como ruta marítima global; las islas del mar del Sur de China, con la promesa de sus recursos energéticos, manifiesta una soberanía marítima discutida por siete naciones; y la frontera que divide en dos la península de Corea expone los riesgos de una nación que se define constitucionalmente como Estado nuclear, con lo que supone de amenaza para sus vecinos.
Las rutas marítimas han convertido a Asia-Pacífico en el campeón del comercio mundial. El estrecho del mar del sudeste, extendido a lo largo de 800 km, hace que la costa occidental malaya y la isla indonesa de Sumatra sean objeto de atención estratégica, especialmente sensible a las amenazas emergentes. Asegurar la estabilidad vía seguridad, programas de desarrollo y acción diplomática multilateral serán necesarias para el buen funcionamiento de una de las arterias más importantes de la economía global, cuya fábrica mundial imprime “made in China” en, prácticamente, todos los sectores.
Corea del Norte sabe que un país con potencial nuclear nunca ha sido invadido con armas convencionales. La capacidad nuclear ofensiva expresa la identidad de un Estado enrocado ante una situación que no puede mantener económicamente por mucho tiempo. Unas fuerzas armadas con 10.000 generales y un servicio militar con una duración de diez años para ellos y de dos o tres para ellas garantizan un régimen que no ha podido ser canalizado por Rusia ni por China. Ambas potencias no pueden colaborar con su desarrollo nuclear porque no lo han podido controlar. Una falta de conocimiento real de la situación interior y la necesidad de utilizar nuevos paradigmas por parte de Occidente –alternativo a los casos de la India, Israel o Paquistán– son dos condicionantes para poder encauzar al Norte. La lección aprendida de los últimos regímenes dados de baja tras la Primavera Árabe es de desconfianza, y no ayuda a buscar alternativas, así que el actual sistema sólo puede pivotar sobre su propia supervivencia.
China es el actor que marca el nivel de incertidumbre en la región. Potencia económica indiscutible, lo es también en lo militar, y esto incomoda a una larga lista de vecinos. Presupuestos de defensa en creciente ascenso la sitúan en la primera división, en disputa con Rusia y Estados Unidos, y con capacidad real para decidir el rumbo del nuevo orden mundial. La lenta anexión de las islas del Mar del Sur de China, una soberanía que es disputada actualmente por siete naciones, es un gesto evidente de que desea ser árbitro de las rutas marítimas comerciales. Como muestran las imágenes obtenidas por los satélites, Pekín ha optado por la respuesta diplomática de los hechos consumados, para hacerse con las materias primas y el acceso a los recursos energéticos. La inversión en modernización de tecnologías para sistemas A2/AD, que incluyen capacidades balísticas, es un mensaje claramente dirigido a Washington. El Pentágono, por su parte, ha solicitado ampliar la partida presupuestaria para la tercera estrategia offset “Anti-Area/Access-Denial” en la región, de cuyas vulnerabilidades es consciente.
Estados Unidos ha orientado definitivamente su política internacional hacia el pivote Asia-Pacífico. La decisión de la salida de Europa va más allá de la administración Obama y marca el “to-do” de una agenda que tiene como prioridad los intereses económicos, así como las necesidades de las naciones aliadas. Fortalecer las relaciones bilaterales con la India, Japón, Australia y Corea del Sur, incluyendo programas de cooperación industrial, es una necesidad en términos de seguridad para garantizar una presencia y una influencia de contención que sólo puede ser realmente efectiva vía marítima.
La evolución del contexto internacional ha obligado a Tokio a desarrollar una nueva política de seguridad, lo que implica modificar los rígidos límites constitucionales, en vigor desde hace 69 años. Denominada “Contribución Proactiva para la Paz”, la agenda de medidas comenzó en 2013 con la publicación de la Estrategia Nacional de Seguridad. Las Fuerzas de Autodefensa de Japón necesitan asegurar su capacidad disuasoria y adaptarse a las necesidades de una presencia global que implica la legitimidad en el despliegue en nuevos teatros de operaciones, como es el caso de las misiones de la ONU, o la protección de sus intereses comerciales. Tras China, la armada nipona es la segunda en importancia en la región, e incluye 150 navíos y 346 aeronaves. La disuasión deseada de Japón, una de las potencias más importantes del mundo y miembro del G-8, no podrá hacerse efectiva sin proactividad y sin cooperación internacional. El caso japonés resulta uno de los más interesantes para la comunidad estratégica, en cuanto a la transformación de una política de defensa marcada por las nuevas circunstancias de Asia-Pacífico.

